En el quinto y definitivo episodio de la aclamada miniserie Chernobyl, el director Johan Renck traslada el foco desde el horror ecológico de la explosión hacia una calurosa y austera sala de audiencias provincial. Al reconstruir el proceso judicial contra los directivos de la central —Briujánov, Fomín y Diátlov—, la obra convierte una intrincada lección de física nuclear en una brillante reflexión sobre la responsabilidad de las instituciones.

El núcleo dramático es la dolorosa evolución moral de Valeri Legásov (Jared Harris). Meses antes, ante la conferencia del OIEA en Viena, Legásov había sostenido el relato oficial soviético, atribuyendo el desastre exclusivamente a la imprudencia humana y ocultando la falla fatal de diseño de los reactores RBMK-1000. Su lealtad inicial preservó el prestigio internacional de la potencia, pero dejó activos dieciséis reactores idénticos que operaban como amenazas latentes en toda la región.

La secuencia judicial abandona la jerga abstracta mediante una pedagogía visual memorable: valiéndose de sencillas tarjetas azules y rojas para representar las barras de control y la reactividad positiva, Legásov desmenuza la reacción en cadena del Reactor 4. Al demostrar que pulsar el botón de parada de emergencia AZ-5 introdujo puntas de grafito que aceleraron brevemente la fisión antes de sofocarla, desvela la verdad oculta: los operadores cometieron graves errores, pero el sistema les entregó una bomba enmascarada de mecanismo de seguridad.

La interpretación de Jared Harris en los minutos culminantes es sobrecogedora. Bajo la atenta mirada de los delegados de seguridad del estado en el palco, Legásov sacrifica su trayectoria académica y su seguridad personal para consignar la realidad en las actas oficiales. Al registrar sus memorias en cintas de audio antes de su fallecimiento dos años después, garantizó que la deuda con la verdad fuera saldada, forzando la corrección secreta de todos los reactores en funcionamiento.