Tras el emotivo final de la primera temporada, la segunda entrega sitúa a Gordon y Ashley bajo el mismo techo. Además de acomodar sus rutinas, deben enfrentarse a un dilema insólito: recuperar a Colin de manos de sus modélicos nuevos dueños.
La disputa por la custodia del perro desata disparatadas situaciones de espionaje aficionado en parques caninos, poniendo a prueba la madurez de la pareja. La presencia de la invasiva madre de Ashley suma un dinamismo cómico brillante, ratificando a la serie como una joya de la televisión contemporánea.