En La Casa de Papel de Álex Pina, El Profesor (Álvaro Morte) encarna la pura racionalidad de la Ilustración: cálculo matemático anticipado, previsiones de teoría de juegos y una fijación casi dogmática por la resistencia sin derramamiento de sangre. Sin embargo, los pulcros modelos teóricos de Sergio Marquina se habrían desmoronado al primer choque contra el caos de la realidad de no haber sido por los dos comandantes de campo más magnéticos y volátiles del relato: Andrés de Fonollosa, alias Berlín (Pedro Alonso), y Martín Berrote, alias Palermo (Rodrigo de la Serna).
Mientras que El Profesor concibe cada golpe como un sofisticado manifiesto sociopolítico, Berlín y Palermo los interpretan como una ópera trágica desmesurada. El dominio psicológico que Berlín ejerce sobre los rehenes de la Fábrica de Moneda y sobre los propios miembros de la banda emana de un fatalismo existencial absoluto. Diagnosticado con miopatía de Helmer —una enfermedad degenerativa letal que le concede apenas unos meses de vida—, Berlín queda despojado de cualquier instinto convencional de supervivencia. Dicho nihilismo le dota de una calma aterradora: ya sea ordenando la ejecución de una rehén indisciplinada o entonando con elegancia canciones populares italianas, sus modales exquisitos cortan con mayor frialdad que una cuchilla.
Palermo, introducido en la Parte 3 para capitanear el asedio al Banco de España, personifica el reverso herido y volcánico de la distinguida sociopatía de Berlín. Ingeniero de minas superdotado y coautor original del plan de la cámara acorazada inundable ideado años atrás en un monasterio toscano, Martín Berrote se mueve impulsado por un duelo visceral y una devoción romántica jamás confesada. Su estilo de mando despótico —apoyado en la humillación verbal y la intimidación psicológica constante— no es más que una coraza defensiva que encubre la culpa por la muerte de Berlín y sus celos encubiertos hacia la figura directiva de El Profesor.
El nervio temático más brillante de la ficción reside en la fricción constante entre la templanza humanista de Marquina y el principio maquiavélico que enarbolan sus lugartenientes. Tanto Berlín como Palermo comprenden una incómoda verdad que El Profesor se resiste a aceptar: un secuestro armado en el corazón de una institución estatal no puede sostenerse únicamente sobre buenas intenciones o simpatía popular. Requiere un monopolio aterrador y palpable sobre la amenaza del dolor para evitar que los rehenes y las fuerzas policiales desenmascaren el farol táctico de los atracadores.
Pese a todo, ambos personajes alcanzan la redención de sus impulsos más destructivos mediante actos supremos de inmolación. La última resistencia suicida de Berlín ante las ráfagas policiales frente al túnel de escape permite la huida triunfal de sus compañeros con los billetes impresos, transformando al cínico en un mito inmortal. En el Banco de España, la lealtad inquebrantable de Palermo garantiza la extracción del oro, demostrando que bajo su histriónica crueldad latía un código indisoluble de fraternidad sobre el que se cimentó el mayor fenómeno global de la televisión española.