La segunda temporada de Slow Horses ('Dead Lions') ejemplificó a la perfección la singularidad de la saga literaria de Mick Herron: la constatación de que las grandes conspiraciones geopolíticas no se libran en despachos futuristas, sino en pubs húmedos de provincias y trenes suburbanos de cercanías.
La trama de las 'Cigarras' (agentes durmientes soviéticos infiltrados en la sociedad civil británica durante los estertores de la Guerra Fría) obligó a Jackson Lamb a desenterrar los pecados operativos cometidos décadas atrás en Berlín y Viena. La muerte de Dickie Bow en un autobús de Oxford destapó una red que cuestionó los fundamentos mismos de la seguridad nacional británica.
Jonathan Pryce aportó una solemnidad sobrecogedora como David Cartwright, el patriarca que representa a la generación dorada del MI5 que combatió al bloque del Este sin ensuciarse directamente los zapatos en los callejones. La dialéctica entre su memoria histórica y el escepticismo visceral de Lamb compone uno de los retratos más ricos del oficio de espía jamás filmados.
Con un ritmo que rehúye el artificio pirotécnico en favor del suspense psicológico y el ingenio verbal, Slow Horses reafirma su supremacía como el thriller más lúcido, sucio y auténtico de la ficción actual.