En un género habitualmente gobernado por la brutalidad de la supervivencia, los infectados y el colapso social, el tercer episodio de la primera temporada de The Last of Us, titulado "Long, Long Time", logró una hazaña conmovedora: pausar el viaje principal para ofrecer un relato íntimo de dos décadas sobre la dignidad del amor humano.

Dirigido por Peter Hoar y escrito por Craig Mazin, el capítulo de 75 minutos transformó la historia original del videojuego de 2013. En el juego, Bill era un superviviente paranoico cuyo compañero Frank huía de su control para morir infectado y lleno de rencor. Mazin replanteó el vínculo desde una profunda ternura, eligiendo a Nick Offerman como el meticuloso preparacionista Bill y a Murray Bartlett como Frank, el viajero que cae en una de sus trampas perimetrales.

Lo que sigue es una crónica sobre cómo dos hombres construyen un remanso de belleza, música y respeto en medio de las ruinas de la civilización. Desde su primer encuentro frente al piano vertical entonando la balada de Linda Ronstadt hasta el cultivo paciente de un huerto de fresas frescas, el episodio demuestra que sobrevivir carece de sentido si no existe un propósito afectivo por el que luchar. Offerman despliega una sensibilidad sobrecogedora, despojándose de su armadura defensiva para revelar la vulnerabilidad de un hombre salvado por la compañía.

El impacto filosófico del episodio ilumina directamente la travesía de Joel Miller. Al llegar al ocaso de sus vidas, Bill deja una carta póstuma que sintetiza el espíritu del drama: hombres como Bill y Joel existen en el mundo para proteger ferozmente a la única persona que dota de significado a sus días. Al leer esa misiva en la cocina vacía, las murallas emocionales de Joel hacia Ellie comienzan a resquebrajarse.